¿La moral depende solo de lo que Dios ordena?
Una de las objeciones más comunes al cristianismo es la pregunta sobre la moralidad: si Dios establece las reglas, ¿cómo sabemos que Dios mismo es bueno? ¿No haría eso que el bien sea arbitrario? Frank Turek responde que, desde la perspectiva cristiana, Dios no es arbitrario. Su naturaleza es el estándar del bien.
Esto significa que Dios no define lo bueno por decreto, sino que lo bueno fluye de quién Él es. El mal, por tanto, no es algo creado por Dios, sino cualquier desviación de su naturaleza perfecta.
La diferencia entre un Dios arbitrario y un Dios bueno por naturaleza
Frank contrasta la visión cristiana con una visión voluntarista de Dios, donde algo sería bueno únicamente porque Dios lo dice. En esa visión, Dios podría declarar cualquier cosa como buena o mala sin un fundamento moral objetivo.
El cristianismo, en cambio, afirma que Dios es esencialmente bueno. Por eso, Dios no puede ordenar algo que sea intrínsecamente malo. Si no existiera un estándar moral fuera de nosotros mismos, la moralidad se convertiría en una opinión personal sin obligación real.
Mandamientos temporales y leyes morales permanentes
Frank también aclara una confusión frecuente relacionada con el Antiguo Testamento. Algunas órdenes dadas a Israel, como las leyes dietéticas, eran mandatos temporales con un propósito específico: separar a Israel de las naciones vecinas.
Esos mandamientos no definían el bien y el mal de forma absoluta. Hoy no hay nada moralmente incorrecto en comer ciertos alimentos, porque esas leyes cumplieron su función histórica y ya no están vigentes. Esto demuestra que no todo mandato bíblico tiene el mismo carácter moral permanente.
El caso de Abraham e Isaac
Uno de los ejemplos más desafiantes es cuando Dios pide a Abraham que sacrifique a Isaac. Frank explica que este evento no muestra a un Dios cruel, sino un acto con un propósito redentor profundo. Isaac es presentado como un anticipo de Cristo.
Abraham confió en que Dios podía incluso devolver a Isaac a la vida. Finalmente, Dios detuvo el sacrificio, pero siglos después, Dios sí ofreció a su propio Hijo de manera voluntaria. El evento más injusto de la historia, la muerte del único ser humano inocente, se convirtió en el mayor bien posible para la humanidad.
El bien último revelado en la cruz
La cruz demuestra que Dios no define el bien de manera caprichosa. Jesús asumió la injusticia voluntariamente para que otros no tuvieran que enfrentar el castigo. Esto confirma que Dios no solo dice lo que es bueno, sino que actúa conforme a su naturaleza perfectamente buena.



