Por qué alabamos a Dios

Por Al Serrato

Los apologistas cristianos están acostumbrados a lidiar con la falacia del “hombre de paja”. Aquí es donde el escéptico pinta una imagen falsa de una posición teísta, haciéndola más fácil de ridiculizar o derrotar, y luego concluye, triunfante, que su punto de vista escéptico prevalece. Pero no todos los desafíos que tergiversan nuestros puntos de vista son intencionales. A veces, el desafiante simplemente no comprende qué es lo que sostiene el cristianismo.

Tomemos por ejemplo la doctrina del Infierno, el concepto de castigo eterno. Muchos ateos toman esta doctrina como prueba de que los hombres primitivos inventaron el cristianismo para controlar a los demás mediante la amenaza del castigo eterno. Luego rechazan el cristianismo porque creen que cualquier Dios que castigara a alguien por “no adorarlo como es debido” no sería digno de adoración. He oído este argumento presentado de diversas maneras, pero una de las más comunes es la acusación de que el Dios de la Biblia es una especie de “ególatra mezquino” cuyo ego tenemos que acariciar incesantemente para evitar la condenación eterna. Veamos qué se pasa por alto en este desafío y cómo podríamos responder.

Es erróneo afirmar que Dios “requiere que se le acaricie el ego”, porque tal visión malinterpreta la verdadera naturaleza de Dios. El término “ego” se refiere a la autoestima y puede definirse como “la idea que alguien tiene de su propia importancia o valor, normalmente a un nivel apropiado” o puede significar algo más peyorativo, como “un sentido exagerado de autoimportancia y un sentimiento de superioridad respecto a otras personas”. De cualquier manera, el término no puede aplicarse lógicamente a Dios. Dios no carece de ningún conocimiento, incluido el conocimiento de sí mismo. No tiene una “idea” de su valor; al contrario, “sabe” con certeza que tiene un valor infinito. No puede tener un sentido “exagerado” de autoimportancia porque no se puede añadir al infinito. Él es literalmente el ser más importante, asombroso, inmenso… nombre usted el superlativo… posible. En la medida en que se siente superior a su creación, es porque, bueno, Él lo es. Su conocimiento de este hecho no es arrogancia, sino un hecho.

Hay una probable causa para esta incapacidad de ver a Dios con claridad. Demasiadas personas hoy en día se centran demasiado en sus propios egos, y en sus propios deseos y necesidades. Al hacerlo, olvidan que no son Dios, sino seres creados y, por tanto, inferiores. Sin embargo, anhelan el reconocimiento, y desean que los demás les vean en su mejor momento y les alaben; ¿no es para eso para lo que están diseñadas la mayoría de las plataformas de redes sociales? A diferencia de nosotros, seres mortales defectuosos, Dios merece reconocimiento por lo que es, ya que dicho reconocimiento es un reflejo fiel de la realidad. Considera: Yo reconozco naturalmente cuando alguien o algo es “superior” a mí; naturalmente siento asombro y el deseo de alabar algo excelente, sobresaliente, virtuoso, impresionante. Por eso a la gente le gusta ver los Juegos Olímpicos, por esa sensación de asombro que se genera cuando compite un atleta superior. El asombro es la reacción natural ante la grandeza.

“El asombro es la reacción natural ante la grandeza”.

Sentimos esa emoción aunque no nos guste en particularmente la persona que lo está haciendo bien. Por ejemplo, un gol de fútbol maravillosamente ejecutado sigue inspirando admiración aunque el rival de tu equipo favorito lo haya marcado para ganar el partido. Puesto que Dios encarna no sólo la “grandeza”, sino la perfección absoluta, es apropiado que le reconozcamos; este reconocimiento, naturalmente, encuentra su expresión en la alabanza y la adoración. Responder de este modo es la reacción correcta, no porque Dios lo necesite o lo desee de algún modo (al fin y al cabo, es un ser perfecto y, por tanto, no tiene “necesidades”), sino porque nuestra negativa a valorarlo con exactitud nos perjudica. En otras palabras, conocer esta realidad sobre Dios y, sin embargo, rechazarlo significa que estamos viviendo una mentira, que estamos intentando desafiar el orden natural de las cosas. Esto nos perjudica a nosotros, no a Dios, porque en el nivel más elemental necesitamos ver y comprender con precisión la realidad para permanecer seguros dentro de ella. Evitamos, por ejemplo, caernos de edificios altos porque sabemos que la gravedad funciona de una determinada manera. Nuestra supervivencia requiere que evaluemos con precisión las cosas que suceden a nuestro alrededor y que no finjamos que son otra cosa.

Por eso, como cristianos, alabamos y adoramos a Dios porque lo vemos con exactitud. Esta respuesta a nuestro Creador es sencillamente la respuesta adecuada y debida al hecho de su perfección. Negar esto -ignorar la centralidad de Dios- es vivir una mentira, no distinta de negar a creer que existen las leyes de la naturaleza.

¿Cómo se relaciona esto con la doctrina del infierno? Bueno, no oramos o “acariciamos el ego” para salir de la separación eterna de Dios. La salvación es un regalo de Dios que podemos aceptar, al igual que la separación eterna de Dios es una decisión que tomamos. Piensa en cómo funciona la justicia: una persona que se pasa la vida rebelándose contra la autoridad e insistiendo en hacer lo que le da la gana, sin seguir más reglas que las que él desea hacer, eventualmente  terminará en la cárcel. Se habrá identificado a sí mismo como alguien que no puede manejar la libertad, que no puede vivir en sociedad, porque no respeta lo que ésta implica. Se encontrará solo y separado. Pero esta separación habrá sido por su culpa, por su insistencia en hacer las cosas a su manera. No será porque no haya dicho las cosas correctas al soberano, sino porque la respuesta justa a la rebelión es el castigo y la separación.

Vemos esto como seres humanos, aunque nuestra vista está lejos de ser perfecta. Un Dios perfecto ve nuestras decisiones y acciones con perfecta claridad. No podemos eludir con palabras las consecuencias de nuestras decisiones, pero afortunadamente Dios nos ofrece un camino para salvarnos… si tan solo nos abrimos a recibirlo.

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Al Serrato se licenció en Derecho por la Universidad de California en Berkeley en 1985. Comenzó su carrera como agente especial del FBI antes de convertirse en fiscal en California, donde trabajó durante 33 años. Una introducción a las obras de CS Lewis despertó su interés por la Apologética, que ha seguido durante las últimas tres décadas. Comenzó a escribir Apologética con J. Warner Wallace y Pleaseconvinceme.com.

Traducido por Wendy Rodas

Editado por Walter Almendras 

Fuente Original del Blog: https://bit.ly/3Qs6Tep 

 

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