¿El infierno es una orden de restricción eterna?

Por: Al Serrato

Dar sentido a la existencia de un lugar como el Infierno es una lucha común para el apologista cristiano. Casi de inmediato, se nos pone a la defensiva, pidiéndonos que justifiquemos cómo un Dios “amoroso” puede condenar a alguien de su creación a un lugar de tormento constante y eterno. A menudo he escuchado el desafío planteado de esta manera: “¿No es el amor de Dios por nosotros como el de un padre? ¿Puedes imaginar a algún padre amoroso deseando, o queriendo, un castigo tan extremo para su propio hijo?”.

La respuesta, por supuesto, es no. Ningún padre se deleitaría atormentando a sus hijos. Y Dios tampoco. Pero al igual que los padres humanos a veces deben recurrir a órdenes judiciales para mantener alejados a sus hijos, Dios también emplea el equivalente a una “orden de restricción” eterna. Aunque el ateo no lo pretende así, la analogía con el amor paterno en realidad va en contra del argumento del impugnador, porque deja clara la necesidad de imponer una separación forzosa incluso en el contexto de lo que originalmente se concibió como una relación amorosa.

A veces los hijos victimizan a sus padres

Todos los días, en todo el país, encuentras padres que son víctimas de sus hijos. En muchos casos, los hijos quieren algo que los padres no pueden o no quieren darles. A menudo, el maltrato consiste en agresiones verbales o físicas o en algún tipo de robo, y muchas veces el problema está alimentado por una adicción de fondo a las drogas o al alcohol. En muchos de estos casos, los padres maltratados piden ayuda a la policía y a los tribunales para que impidan a sus hijos ponerse en contacto con ellos. Para la mayoría, este último paso es desgarrador, pero suele ser el último recurso, el único medio por el que el progenitor puede salvaguardar su bienestar. En algunos casos más extremos, el testimonio del progenitor ante el tribunal puede contribuir a una condena penal que lleve a su hijo o hija a la cárcel, a veces de por vida. La cuestión es muy sencilla: el amor tiene sus límites, y llega un momento en que la separación del maltratador es el único camino que queda.

“La cuestión es muy sencilla: el amor tiene sus límites, y llega un momento en que la separación del maltratador es el único camino que queda.”

Si esto causa dolor a la descendencia, ese dolor no es “intencionado” por el progenitor; es, en cambio, una consecuencia inevitable del camino puesto en marcha por el agresor.

¿Cómo se aplica esta analogía a Dios?

Aplicar esta analogía a un escenario eterno tiene sus inconvenientes. Dios, por supuesto, no puede ser víctima. No nos teme y no necesita encarcelarnos para protegerse. Pero, ¿no tiene el mismo derecho de asociación que nosotros? Cuando una persona utiliza su libre albedrío para rebelarse contra Dios, Dios no está obligado a ignorar esa rebelión. De hecho, si Dios es realmente un ser perfecto, que encarna la justicia perfecta, no podría simplemente ignorarla y permanecer fiel a su naturaleza. Para que Dios mantenga la justicia perfecta, debe asignar una consecuencia apropiada a las violaciones de su ley. En la tierra, esa justicia a menudo implica encarcelar al infractor, tanto para castigarlo como para minimizar su capacidad de seguir usando su libre albedrío para dañar a otros. Del mismo modo, Dios hace uso de su poder para separar a los que se niegan a aceptar el don de la vida que ofrece, una oferta, cabe señalar, que hace sólo en sus términos.

Considera la eternidad

A los que han muerto en rebelión, no se les ofrece ninguna otra oportunidad. Eternamente “restringidos” de la comunión con Dios, experimentan la eternidad conscientes de todo lo que han perdido. Considera por un momento cómo debe ser la separación eterna de Dios. A pesar del esfuerzo de muchos por amontonar dinero, trofeos y éxito en este mundo, estas cosas no hacen que la vida sea rica o satisfactoria. Todas las riquezas y el éxito del mundo no significarían nada si una persona estuviera completamente sola. No, esas cosas son simplemente medios para un fin, un fin que siempre implica la relación con los demás. Por eso el aislamiento es tan destructivo para la mente y el espíritu humanos. Al fin y al cabo, es la compañía humana -relaciones ricas y significativas- lo que da alegría a la vida. Por el contrario, la pérdida de esas relaciones suele conducir a la depresión, al consumo de alcohol y drogas para mitigar el dolor y, en algunos casos, al suicidio.

Toda relación en la tierra, por satisfactoria que sea, implica necesariamente a un ser humano imperfecto que no es capaz de proporcionar una alegría ilimitada. Además, mientras aún respiramos, la posibilidad de añadir nuevas relaciones continúa. ¿Qué nos ocurre, sin embargo, al morir? ¿Qué encontramos cuando vemos más claramente, por primera vez, a Aquel que nos creó, la fuente de toda vida, el Ser que encarna todas las perfecciones? Cada persona en la tierra no es más que una mera sombra de este Ser supremo. Si pensamos en la alegría que sentimos cuando estamos profundamente enamorados o, por el contrario, en la agonía que provoca la pérdida de un ser querido, y multiplicamos esa experiencia no por millones o miles de millones, sino por el infinito mismo, podemos empezar a entender por qué los escritores humanos, incluso los de inspiración divina, no pueden comprender el horror de esa idea. En contraste, un lago de fuego parecería manso.

Pero este lugar de sufrimiento es interno, egocéntrico, centrado en uno mismo. Una eternidad de preocuparse sólo de uno mismo, apartado y solo y sin esperanza de reunificación con la fuente de la alegría y el amor. No es un lugar en el que Dios inflige torturas, sino uno en el que un tormento infinito aguarda al otro lado del abismo. Dios no obtiene ningún placer cuando actúa para contener a un pecador sin arrepentimiento. De hecho, ofrece una alternativa -un medio de salvación- a todos.

Para aquellos que rechazan Su regalo, sólo tendrán a sí mismos – literalmente, y eternamente – a quien culpar.

Recursos recomendados en Español:

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek 


Acerca del autor: Al Serrato se licenció en Derecho por la Universidad de California en Berkeley en 1985. Comenzó su carrera como agente especial del FBI antes de convertirse en fiscal en California, donde trabajó durante 33 años. Una introducción a las obras de CS Lewis despertó su interés por la Apologética, que ha seguido durante las últimas tres décadas. Empezó a escribir Apologética con J. Warner Wallace y Pleaseconvinceme.com.

Fuente original del Blog: https://bit.ly/43Dm5Jc

Traducido por Jennifer Chavez

Editado por Monica Pirateque

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *